Colegiada Nº 00712
Aunque la medicación sigue siendo el tratamiento más frecuente para los trastornos del sueño, cada vez hay un mayor reconocimiento de la eficacia de la terapia cognitivo-conductual en los problemas de insomnio que es el trastorno más extendido y más tratado con técnicas conductuales.
El insomnio crónico es el resultado de una serie de factores conductuales y cognitivos que lo perpetúan, con independencia de las causas que lo pudieron originar. Determinadas características individuales, que pueden ser de tipo genético, fisiológico o psicológico, hacen que algunas personas sean más vulnerables que otras a sufrir insomnio; estos son los factores predisponentes. Por ejemplo, los individuos que presentan un mayor nivel de activación fisiológica, o que presentan niveles basales de ansiedad más elevados, tienen mayor predisposición a tener un sueño alterado. Algunos acontecimientos vitales, como una situación de estrés laboral, la muerte de un ser querido o sufrir un determinado problema de salud, pueden inducir insomnio agudo en determinadas personas con mayor vulnerabilidad a presentar problemas de sueño: son los llamados acontecimientos precipitantes. El insomnio que suele aparecer asociado a estos acontecimientos vitales estresantes, habitualmente desaparece cuando el individuo se ajusta a la nueva situación o desaparece el acontecimiento que lo precipitó. Sin embargo, el insomnio puede convertirse en crónico si, como respuesta a sus dificultades para dormir, la persona desarrolla pensamientos negativos acerca del sueño, una ansiedad anticipatoria y/o una serie de actitudes, creencias y comportamientos que perpetúa su problema de sueño; son los llamados factores perpetuantes.
El tratamiento mediante la Terapia Cognitivo- Conductual del insomnio se centrará en modificar los comportamientos y cogniciones del individuo que perpetúan y agravan estos problemas.
Son episodios caracterizados por llanto brusco e inesperado del niño, que se acompaña de una expresión de miedo intenso en la cara y sudor frío. Si se le despierta, el sujeto se encuentra confuso y desorientado durante varios minutos y manifiesta una vaga sensación de terror, normalmente no informa de una historia soñada. Aparecen normalmente entre los 4 y 12 años durante el primer tercio de la noche, asociados al sueño profundo, y no existe recuerdo del episodio a la mañana siguiente.
Los terrores nocturnos parecen ocurrir con más frecuencia cuando los patrones de sueño son irregulares o cuando el niño está muy cansado o bajo estrés.
El entrenamiento autógeno se ha mostrado eficaz en la reducción de los terrores nocturnos persistentes.
Las pesadillas pueden provocar elevados niveles de ansiedad, sentimientos de indefensión, miedo secundario a dormirse en la oscuridad, empeoramiento del sueño y conductas antagónicas al sueño (ej. Dejar las luces de la habitación encendidas o tener horarios muy irregulares)
Además, algunas personas pueden mostrar deterioro diurno debido a la angustia asociada al recuerdo de la ensoñación, a la incrementada fatiga por la interrupción del descanso nocturno, y a las preocupaciones acerca de la propia salud mental debido a la extrañeza y fuerte afecto negativo vinculado a las pesadillas.
Las técnicas de tratamiento que han sido sometidas a investigación empírica son: